Las madres son unas máquinas que tienen respuestas diferentes a demandas iguales (según el momento y quién le haga la demanda). Son muy útiles pero es recomendable usarlas sólo cuando sea imprescindible para evitar que se rompan.

Este lenguaje mecanicista rechinará en los oídos del 90% de los lectores pero igualmente deberá aceptar hasta qué punto tenemos una actitud utilitaria ante un personaje tan significativo en nuestra existencia.

Durante nuestra infancia nos escudamos en la ignorancia y la inocencia; durante nuestra adolescencia nos escudamos en nuestro descontrol temperamental provocado por causas hormonales ajenas a nuestra responsabilidad; durante la adultez nos escudamos en que a ella le encantan los niños y a éstos les gusta jugar con la abuela.

Siempre con un espíritu humano, cariñoso, lleno de amor, le escribimos poemas, le cantamos un tango, pero ¡que la usamos, la usamos!

El día que usted acepte esta triste realidad recién estará en condiciones de empezar a comprender por qué, con más razón, usamos a personas menos significativas que nuestra propia madre (cónyuge, amigos, empleados, etc.).

Una pareja entra en crisis cuando ella critica los rasgos masculinos de él y él critica los rasgos femeninos de ella.

Cuando una mujer desea y necesita un hombre, valora esas particularidades que ella no encuentra en su género. Particularidades que son tanto anatómicas como de temperamento y carácter.

Lo mismo sucede cuando un hombre desea y necesita una mujer.

Tratando de ir a lo esencial, es probable que ese estado de deseo y necesidad provenga de la química hormonal que impulsa al acto reproductivo (coito) y posterior conservación de la cría. Fuera de este contexto primario, el deseo y la necesidad del otro pasa a un terreno más bien psicológico, imaginario, ideal, abstracto.

Cuando el deseo primario (reproducción y conservación) se convierte en exclusivamente mental (psicológico), es probable que los integrantes de la pareja comiencen a homosexualizarse, prefiriendo a personas de su mismo género, siendo las bromas sobre las particularidades criticables del otro género, una manifestación de que ya no se lo siente tan deseable y necesario.

Estas manifestaciones de crisis en la pareja pueden no llegar nunca a materializar una separación, pero es notorio que aumenta la insatisfacción, el aburrimiento, las fantasías de tener relaciones sexuales extramatrimoniales, las infidelidades.

Según la publicación Business Week, Bill Gates ha donado junto a su esposa Melinda más de 23 mil millones de dólares para proyectos humanitarios en todo el mundo.

Parece un buen ejemplo a imitar porque hacer fortuna para ayudar es mucho más edificante que aplicar la misma energía en criticar a los ricos.

Conozco cientos de personas cuya misión en la vida consiste en luchar contra la riqueza. No pueden ni imaginar que existen formas honestas de tener dinero. Les resulta imposible suponer que el sistema capitalista incluye la atención de los menos favorecidos si bien es cierto que lo hace porque es rentable hacerlo y no porque pretendan demostrar una bondad que es impropia del ser humano.

La riqueza se logra luchando y venciendo la resistencia que imponen los elementos naturales a todas las especies del reino vegetal y animal. Requiere esfuerzo tener una huerta, criar animales, fabricar heladeras, entretener, pero cuando los resultados son satisfactorios, se obtiene más de lo que se invirtió y con esa ganancia es que pacientemente se amasan las fortunas. La resistencia que impone la naturaleza produce una selección natural, fortaleciendo a los más capaces y desplazando a los menos capaces.

Claro que los que se oponen a la riqueza también forman parte de esa resistencia que ejerce la naturaleza para obtener resultados, así que para nada es mi interés opinar en contra de los enemigos del capitalismo. Estos y las resistencias de la naturaleza son los que fortalecen a los más capaces, tonificando así el sistema que pretenden combatir. Si no fuera por los opositores, el capitalismo no estaría tan consolidado.

El capitalismo ayuda a los menos favorecidos para que no sean un factor desestabilizador y le paga a los anticapitalistas porque estos, al igual que un entrenador personal, mantienen en forma al sistema que intentan combatir.

Por vejez espiritual debería entenderse la progresiva incapacidad para entender y adaptarse a los cambios del entorno. La vejez física ya la conocemos demasiado por todo lo que hacemos para neutralizarla o disimularla.

Venimos de una era de apariencias. El eslogan de los últimos milenios podría ser «Si no lo veo no lo creo». El asunto es que cada vez se hace más notoria la influencia que tienen en nuestra calidad de vida aspectos que no son visibles.

Correr en el mismo lugar, desarrollar grandes velocidades en una bicicleta sin ruedas, remar como un esclavo pero en simuladores secos, hacer dietas lo más antipáticas posible, son actitudes coherentes con la era visual, la era del centímetro y del gramo, en la que la belleza y la salud se controlan desde afuera.

Llegará un día (no sé cuando, por supuesto) en que atenderemos las causas esenciales de nuestros malestares evitables (digo evitables porque estar vivo siempre molesta un poco).

Por ahora la mayoría considera extravagante prestarle la mayor atención a los afectos o la psiquis y considera inteligente prestarle la mayor atención a los aspectos visibles de la existencia.

Al que más extraño cuando veo fotos viejas es a mí mismo cuando era joven.

Claro que otros seres queridos que dejaron de existir ocupan un buen emplazamiento en mi memoria afectiva. Por ejemplo, no sabía hasta el pasado domingo de lluvia, cuánto llegué a querer a la maestra de cuarto con quien quise casarme pero ello no se enteró.

Padres, tíos, un hermano alocado que venía cada tanto y que un día dejó de venir y que se fue a parrandear en el cielo según versión de mi abuela.

Pero aquella juventud llena de ilusiones sí que se extraña. Nunca perdí el tiempo, siempre le saqué todo el jugo posible a esta existencia, pero mi insaciable deseo de vivir igual me provoca esta especie de nostalgia. Y para peor un domingo de tarde y lluvioso.

¡Bah! ¡Nada tan grave que una película de acción no me haga olvidar!

Un cierto monto de frustración opera como estímulo energizante superado el cual provoca abatimiento (pérdida de energía).

La furia, la pasión, la combatividad (más los sinónimos que usted recuerde) son reacciones enérgicas a algún tipo de frustración mientras que la depresión, la melancolía, la tristeza son reacciones propias de quien se asume vencido.

Es interesante y hasta curioso observar cómo buscamos frustrarnos al solo efecto (inconciente) de obtener energía (así como los países buscan petróleo, crean represas hidroeléctricas, aprovecha la energía eólica, etc.).

Una de esas formas consiste en luchar por alcanzar una utopía (en mi caso, terminar con la pobreza de origen psíquico). Tener un objetivo casi imposible es algo que nos mantiene vitales, trabajadores, motivados. En suma: ¡sanos!

Este objetivo sería tonto si no lograra, aunque sea parcialmente, algunos resultados. Siempre es posible que en el camino hacia ese horizonte ideal, uno vaya teniendo logros que también son estimulantes.

Pero este artículo sirve para poner sobre la mesa el hecho de que los seres humanos procuramos frustrarnos, lo que equivale a decir que procuramos irritarnos, enojarnos, ponernos furiosos, malhumorados, y otros estados de ánimo que parecen negativos pero que sin embargo son un yacimiento de energía vital. ¡Nada menos!

Hice grandes esfuerzos por ayudar a la gente hasta que en mi análisis apareció la palabra «esclavista». Ahí me di cuenta que lo que trataba de hacer era generar en los otros deudas de gratitud casi imposibles de pagarme.

La otra cara de la luna estuvo milenios sin ser descubierta pero la intención más profunda de los seres humanos parece mucho más cerca y sin embargo es más desconocida.

No solamente la filantropía encierra el secreto deseo de conseguir beneficios especiales para cuando tengamos que hacer el trámite (imaginario) del Purgatorio sino que también somos estimulados por esta ambición mucho más terrenal y con resultados bien concretos.

La solidaridad consiste en un complejo sistema de créditos y débitos, de ayudas desinteresadas y recompensas inesperadas. Cuando alguien da las gracias intuye que ésta no es más que el reconocimiento de su deuda, con vencimiento incierto y que el acreedor procurará cobrar cuando se le antoje y con los intereses que se le plazcan.

Es un turbio sistema de intercambios que sin embargo aporta tantas satisfacciones a los participantes que difícilmente dejará de existir algún día.

Este artículo sólo sirve para tener en cuenta en qué consiste disfrutar de ese placer, no para interrumpirlo sino para poder disfrutarlo a conciencia, como quien fuma sin filtrar la nicotina o practica sexo casual sin preservativo.

— Ya voy por el tercer fracaso matrimonial.
— ¿Fracaso? ¡Fracaso es quedarse atado a la misma persona toda una vida!

El pensamiento oficial (alineado con la conveniencia de quienes detentan el poder) ordena que los ciudadanos debemos mantenernos lo más quietos posible, evolucionar lo menos posible, cambiar lo menos posible, ser lo más previsibles y gobernables posible.

Claro que también necesitan que seamos muy productivos, que paguemos muchos impuestos y otras formas de esclavitud devota.

Los cambios de pareja son indicadores de una dinámica psíquica normal mientras que la pertenencia vitalicia a las mismas ideas, principios, religión, filosofía, partido político, equipo de fútbol, costumbres, domicilio, vestimenta, trabajo, etc., etc., indican que esa persona (seguramente muy valorada socialmente) está más cerca del reino mineral que del reino animal.

La salud mental se define por la capacidad de cambiar, de reformularse, de ser tolerante con los diferentes, de ser flexible, de adaptarse a las condiciones que no pueden modificarse. Por el contrario, son patológicos el esquematismo, el anquilosamiento, la rigidez, la inmutabilidad, la estereotipia, la rutina. Ahora agrego: las bodas de oro matrimoniales.

Uno de los múltiples servicios que entrega la medicina es imponer regímenes muy severos, especialmente disfrutables por quienes anhelan inconscientemente perder la libertad que los sobrecarga de responsabilidad e incertidumbre.

Cuando digo inconscientemente estoy diciendo que esto no es conocido por quien lo realiza (es decir, por quien lo disfruta).

Se agrega la particularidad de que además de ser inconsciente también esta explicación es negada porque el disfrute no se daría si se conociera (si dejara de ser inconsciente) o si se aceptara su existencia (si se asumiera el deseo de perder libertad para ganar irresponsabilidad y certidumbre).

¿Para qué le sirvió leer este artículo? Para que todo siga igual o para que por ahí aparezcan formas más directas de disfrutar la vida.

Lo importante es aumentar nuestro bienestar con los procedimientos más eficientes y sin perjudicar a terceros.

Los medios de comunicación están obligados a usar adjetivaciones extremas.

Tienen por lo menos dos motivos para decir que algo es «maravilloso» o «trágico»: 1) deben demostrar que todo lo que en ellos se exhibe es importante o muy importante y 2) se habría constatado que el público se aburre cuando la noticia no está exaltada, exagerada, magnificada.

Esto es una tendencia que algún día debería terminar. No es posible aumentar indefinidamente el énfasis que se agrega a los contenidos propalados por los medios de comunicación. Algún día la exageración llegará al máximo y ya no se podrá seguir aumentando a costa de quedar groseramente deformada.

Parecería ser además que los medios, para dar a entender que algo es normal, que no es fabuloso, increíble, etc., apelan a la «no-mención». Los consumidores de noticias estaríamos preparados para sobrentender que aquello que no figura en los medios es sólo normal, que no merece adjetivos exagerados, que no debería incluirse en el Guiness World Records.

Claro que la no-mención también sugiere inutilidad, desprestigio, que debe ser evitado.

En suma: Es un dato relevante para nuestra evaluación de lo que percibimos, que todo aquello que nos llega a través de los medios de comunicación, viene exagerado, aumentado, glorificado, idealizado.

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