La señora se mira en el espejo el moretón del cuello y sonríe. Luego amplía un poco más el escote, observa el enrojecimiento de sus senos y sonríe. Se mira los brazos y cerca de los hombros aún conserva la marca de unas manos de hierro que la atenazaron y sonríe. Mira la papelera llena de ropa de entrecasa destrozada y sonríe.
El señor había llegado a media tarde porque terminó anticipadamente su tarea y parecía una fiera enardecida, con los ojos inyectados de sangre, un fino hilo de saliva deslizándose por la comisura derecha, mirando hacia un lado y otro en actitud agresiva y despiadada, finalmente encontró lo que buscaba.
La señora que sollozaba apaciblemente junto con una comediante venezolana, se sobresaltó ante lo inusual de la escena y en segundos su vida se transformó en un verdadero infierno.
La posesión endemoniada de este empleado de oficina que estuvo casi toda la mañana pensando apasionadamente en cómo quería tener sexo con su esposa, finalmente pasó a los hechos cuando llegó a su casa y descargo con furia su deseo descontrolado sobre una mujer que no demoró nada en sumarse a esta locura a dúo.
Todo esto es fantástico, pero nuestra cultura lo considera aberrante, desproporcionado, patológico, desubicado, psiquiátrico. ¿Qué puede esperarse de un ser humano cuyas ganas de vivir a pleno están apagadas por una idiosincrasia oficial que estaría muy bien para el reino vegetal pero que es alienante para cualquier mamífero?








