Hay muchos motivos por los que las matemáticas son desagradables para el 90% de la gente. Uno de ellos es que se trata de un pensamiento que conduce a una única conclusión y prohíbe cualquier voluntarismo o capricho.

Cuando dije «uno de los motivos» no dije que fuera el más importante. Pero insisto en que este motivo existe y aseguro que prácticamente nadie repara en él.

Las demás disciplinas que habitualmente estudiamos permiten superar las dificultades con un esfuerzo de memoria (historia, geografía, derecho y otras). A partir de la tecnología Windows, se podría decir que se resuelven con las funciones «copiar y pegar». El estudiante dice: «lo leo mil veces, me lo fijo en la memoria, lo repito como un loro y me aprueban».

Los usos de la memoria comprometen escasamente la psiquis del estudiante, mientras que la matemática nos enfrenta (entre otros desafíos) a que nuestro pensamiento llegue a una (y sólo una) única solución. El rigor requerido en esta práctica puede condicionar nuestro cerebro para que luego nos informe sobre cosas que nuestro deseo prefiere ignorar.

Un ejemplo burdo: la matemática me obliga a pensar que dos y dos son cuatro, con lo cual después tendré que aceptar también que la suma de todos los gastos que yo desee hacer debe ser igual (o menor) a mis ingresos. Esta maldita condición me prohibirá —cual sádico tirano—  que pueda comprarme todo lo que se me antoja.

Cuando intuimos esta situación, terminamos decidiendo estudiar cualquier cosa que nos aleje de este antipático tirano.

 

Se diceEnvidioso con hacha que «El capital es cobarde».

Para comprender a los ricos hay que ponerse un poco en su lugar.

Si bien es cierto que algunas fortunas se amasaron por métodos legal o moralmente reprobables, la mayoría son el resultado de muchos años de esfuerzo permanente, generación tras generación, cuidando el prestigio de sus marcas, ganándose la confianza de los compradores, de los empleados, de los proveedores, de los bancos.

Claro que los mediocres incapaces de generar recursos para su propia subsistencia descalifican a quienes tienen la inteligencia, la fortaleza, el coraje, la perseverancia y el saber aprovechar la buena suerte.

¿Por qué pretenden anular los méritos de los ricos? Para no padecer la trágica evidencia de que las personas somos diferentes y que algunas pueden lograr ciertos objetivos que para otros son imposibles.

La censura irrestricta a los ricos proviene de la envidia.

Pero ¡¡ATENCIÓN!! La envidia hunde a quienes la rellenan de odio y catapulta a quienes la rellenan de pasión constructiva.

La envidia puede ser también una forma de imitar a los que están mejor, sin embargo es la misma mediocridad la que sólo concibe la envidia destructiva, aquella que procura destruir al modelo que la deja en evidencia.

 

Las dudaMano con flors nos mortifican a todos.

No hay ninguna situación polémica (en política, religión, filosofía, derecho, teorías, hipótesis) en la que no busquemos aferrarnos a un pensamiento único.

Descalificamos todo lo que se oponga a esa única idea (que además parece ser clara, sencilla, fácil de comunicar y de entender).

Esta actitud es científicamente errónea porque todas las opiniones poseen algo de verdad. Sin embargo, para evitarnos la molestia de la duda, nos aferramos neciamente a un único punto de vista.

¿Para qué sirve esta idea que comparto con ustedes? Para poner en evidencia que el problema que habría que enfrentar es nuestra aversión a la duda. Si lo lográramos nos volveríamos tolerantes, pluralistas, libertarios.

Leopardo durmiendo

El corazón simboliza el amor, quizá porque es un órgano vital, porque es único (no está repetido como los riñones o los ojos), porque se agita con la pasión.

En el Río de la Plata, al corazón también se le dice «el bobo», porque siempre está trabajando.

El mismo símbolo representa dos cosas bastante opuestas. Una prestigiosa y la otra elegida por Dios como forma de castigo a la transgresión del hombre en el Paraíso (el castigo para la mujer fue parir con dolor ¿recuerdan?).

Esto está en consonancia con la escala de valores de nuestra cultura. Es valorado amar con pasión pero demuestra una falta de inteligencia ser trabajador.

Pertenecemos al Tercer Mundo y vivimos bien. Sin riquezas, llenos de esperanza, aguardamos el próximo día de asueto cuando está por terminar el actual.

No somos «todo bondad» (como podría deducirse de ser «todo corazón»), pero es ciertos que somos afables, buenos amantes, cariñosos, pero no somos muy laboriosos y eso se refleja en nuestro Producto Bruto Interno.

«Pobre pero contento» dice algún lugareño; «Tengo miedo de que me vaya mejor» responde el humorista; «Poco pero mío» dice el conformista.

Esta idiosincrasia determina la productividad nacional y el psicoanálisis (entre otras herramientas educativas y terapéuticas) sabe cómo influir sobre ella para mejorarla.

Soluciones hay. Lo único que falta es un diagnóstico.

Este artículo podría ser parte de un diagnóstico.

Incrédulo

Es oportuno recordar aquella sentencia positivista que dice «Lo perfecto es enemigo de lo bueno».

Lo mismo que con las amistades, sucede con los cónyuges, con los familiares, conocidos, compañeros de trabajo, copropietarios del condominio, vecinos, ciudadanos.

Cuando esperamos del otro algo maravilloso estamos propiciando el fracaso del vínculo. En este esquema es totalmente injusto culparlo por nuestra desilusión.

No solamente que uno siempre quiere lo mejor aún sin reparar en que eso que pedimos sea imposible, sino que también hay una autopublicidad en esta actitud.

El que se autopublicita pretende sugerir con aire falsamente ingenuo:

«Yo espero de ustedes que sean maravillosos porque yo lo soy todo el tiempo. ¿O alguien no lo es acaso? A mí no me cuesta nada ser simpático, honesto, sincero, buen amigo, …».

Nieta y abuela

Una mayoría abrumadora de personas sólo se aman a sí mismos pero tienen su narcisismo disimulado detrás del amor al prójimo.

Sienten amor por su cónyuge, por sus hijos, sus parientes, sus amigos, sus conocidos, sus pertenencias, su país, etc.

Esta mayoría de personas (remarco que no dije «todas»), sólo siente amor por aquello que sienten como formando parte de sí.

Por todo lo que no sean su cónyuge, sus hijos, etc., sienten indiferencia, lo ignoran.

Esta particularidad se llama narcisismo porque en la mitología griega existe un personaje que se ahogó en un lago cuando quiso apoderarse de su propia imagen reflejada.

Suele pensarse que no son narcisistas aquellos que son capaces de amar a alguien que no sean ellos mismos, pero no podemos desconocer que cuando alguien supone que, por ejemplo un amigo es suyo, que le pertenece como si fuera su brazo o su corazón, entonces el amor que siente por este amigo existe porque lo imagina como formando parte de su propio cuerpo.

Este artículo sirve para entender por qué tanta gente tiene dificultades para vincularse y va de fracaso en fracaso, de desilusión en desilusión, reiteradamente se siente frustrada porque «la gente es desagradecida», «la sociedad ya no es la que era», «hay mucho desamor», etc.

Estas personas que se quejan del desamor ajeno quizá no se den cuenta que nunca dejaron de amarse sólo a sí mismas.

Por otra parte, esto no está ni bien ni mal. Es simplemente una característica más (el narcisismo indirecto) y su consecuencia («¡siento que no me quieren!»).

Capilla ardiente - riqueza - Dios

La espiritualidad puede ser un recurso muy válido, legítimo y eficiente para facilitarnos la vida, aunque tiene sus costos. Desarrollar la espiritualidad cuesta dinero.

Existe la posibilidad de que esta práctica (la espiritualidad) esté al servicio de ignorar deliberadamente aspectos de la realidad que nos resultan muy angustiantes.

En la vida espiritual todo es posible: los enfermos se curan por un acto de fe, los muertos resucitan en un más allá, «no hay mal que por bien no venga», alguien «tuvo una desgracia con suerte», «Dios proveerá».

Este mundo mágico, con seres inmensamente poderosos, sabios y benefactores (dioses, santos, ángeles, vírgenes, santas), con desgracias transitorias y reversibles, está en las antípodas de lo que necesitamos hacer para conseguir el alimento con que mantenernos vivos, es ineficiente para pagar el alquiler de un lugar donde pasar la noche, no logra proveernos de los gastos de salud que cada tanto tenemos que hacer para disminuir nuestro dolor o directamente para seguir vivos un tiempo más.

Si alguien piensa que puede ignorar la realidad gratuitamente, se está comportando tan irresponsablemente como un niño. Los adultos tenemos obligaciones para con nosotros mismos, para con nuestros hijos y para con la sociedad.

Toda la energía destinada a no ver las dificultades materiales poniendo mucho énfasis en las deliciosas fantasías de la espiritualidad, es un derroche tan imperdonable como quien tira alimentos sabiendo que hay semejantes hambrientos o el que roba a un desvalido o el que no asiste a un accidentado.

La espiritualidad es un pasatiempo que sólo tienen derecho a practicarlo quienes ya resolvieron las cuestiones materiales básicas (comida, vestimenta, salud, alojamiento).

Hermosa en espejo

La vida siempre estuvo expuesta a peligros.

Desde que el mundo es mundo, corremos el riesgo de que alguien nos ataque, nos robe, nos pegue, nos ofenda.

Aunque son circunstancias muy desagradables, debemos asumir que forman parte de la normalidad. No reconocerlo equivale a privarse de muchas experiencias necesarias o divertidas: Salir a trabajar, a divertirse, a pasear, a llevar a nuestros hijos al colegio o simplemente sentarnos en la puerta para ver cómo van y vienen los otros iguales a nosotros.

Esta mínima fortaleza para enfrentar los peligros milenarios de vivir en sociedad, podría hacerse extensiva a otra fortaleza igualmente necesaria.

Más que fortalecer nuestros músculos levantando objetos pesados, o más que exigirnos mucha resistencia física corriendo quilómetros, es muy pero muy bueno aumentar nuestra resistencia a la frustración.

¿Para qué sirve? Nada menos que para tomar más riesgos, para ser más aventureros, para poder vincularnos con más gente, para poder hacer propuestas audaces, para enriquecernos con el contacto afectivo y físico con personas nuevas, diferentes cada día.

Todo esto suele no hacerse porque somos débiles ante las frustraciones. Inclusive las personas mejor desarrolladas físicamente pueden ser penosamente vulnerables a una desilusión o a un frustrante “no” y para evitarlo, no se vinculan: tienen hermosos cuerpos para disfrutarlos solamente con el espejo.

Mascota

Los perros no votan pero parecen ciudadanos. Ellos tienen su vida estrechamente vinculada a los seres humanos pero indisolublemente unida a los otros perros.

Por más que nos ame nuestra mascota, su indisimulada honestidad hace que nos abandone ante la más pequeña señal de que anda cerca alguien de su familia.

La vida de los perros en una ciudad es muy variada: los hay sueltos que viven en estado casi salvaje, los hay con amos liberales que los alimentan y cuidan pero que no los encierran, algunos salen a pasear por una especie de niñero, a veces son los mismos amos quienes los sacan dos veces por día con correas y hasta con bozales. Seguramente, más de uno permanece toda su vida encerrado en un apartamento.

Esta variedad de situaciones me hace pensar en lo que pasa con los humanos. Algunos viven en estado salvaje, otros (los privilegiados), consiguen dinero para disfrutar de la vida libremente, algunos trabajan muchas horas diarias para ganarse el sustento. Seguramente aún existen esclavos.

Tanto en el caso de los perros como en el de los humanos, todo depende de cuanto nos amen.

El abandono es desamor (no hay duda en eso). Recibir lo necesario pero que nos dejen en libertad, es el amor más generoso que podamos recibir. El sometimiento a diferentes grados de encierro, es amor sí, pero seguramente el más flaco, el menos nutritivo, el más mezquino, que apenas es mejor que nada.

Lo importante no es ser ricos sino recibir amor del bueno, del generoso. Para saber si lo estamos recibiendo debemos constatar que tenemos lo necesario para disponer de una buena calidad de vida sin perder nuestra dignidad (libertad). Tanto para los perros como para los seres humanos.