adolescentes

Es muy frecuente que uno tropiece con etimologías tramposas. La que más complica la existencia hasta donde he podido investigar es la palabra adolescente.

El sonido de esta palabra lleva a que mucha gente inteligente y culta esté segura de que deriva del verbo adolecer y que por tanto todos los jóvenes en esa etapa están sufriendo y haciendo sufrir. Como si la juventud (etimológicamente) fuera una enfermedad.

Sin embargo ese vocablo está tomado del latín adulescens  (o adolescens) que significa «hombre joven». Este vocablo del latín es el participio activo del verbo crecer (adolescere), es decir creciente.

Lo que sucede entonces es que a partir de una opinión generalizada (que los jóvenes deben estar enfermos por las cosas que hacen y piensan) se inventa una etimología para fundamentar el prejuicio.

En general podríamos decir que las etimologías no son muy útiles para entender algo que nos sucede porque siempre se remiten a ideas predominantes en épocas que, con todo el respeto que me merece lo antiguo y obsoleto, poco pueden iluminar las preocupaciones actuales. A esto se agrega la tendenciosidad de la que doy cuenta con nuestros preciosos adolescentes que, complicados y todo, se merecen lo mejor.

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