«No le prestes demasiada atención a los demás porque te tratarán con arrogancia». Este consejo es harto repetido, recordado, practicado, enseñado, aconsejado.

Llega a producirse toda una especie de esgrima en la cual ciertos gestos (como «quien llama primero», «llegar puntualmente», «pagar por adelantado», «ser muy amable», «ser cortés», «escuchar con atención», «mirar a los ojos», «aproximarse», «estrechar la mano con calidez y firmeza», (¿sigo?)) … se realizan tomando precauciones con criterios estratégicos.

¿Por qué tratar bien al otro puede provocarle una reacción que nos perjudique?

El razonamiento de cada uno de nosotros podría expresarse así:

1) Supongo que los demás piensan, sienten y actúan igual que yo;

2) Si bien es cierto que yo nunca hice el inventario completo de cómo soy, analizando lo que espero de los demás, lo que trato de obtener de ellos, lo que espero sacar de ventaja, deduzco fácilmente cuáles son mis intenciones.

Entonces: cuando alguien piensa (¿sabe?) que ser amable con el otro provocará en el destinatario de nuestro trato preferencial una actitud orgullosa que nos desagradará, estamos intuyendo (¿sabiendo?) que esa es nuestra reacción cuando alguien nos concede un trato preferencial.

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