Es cierto que a veces es difícil juntar el coraje suficiente para enfrentar una situación tensa. Por ahí resulta más fácil encargarle el trabajo a otro.

¡Cuánto más fácil sería poder transmitir un pensamiento (una queja, un deseo, una propuesta) sin tener que hablar mirándonos a los ojos!

También es muy frustrante encontrar el mejor discurso (palabras, frases, entonación) después de que la ocasión pasó.

He logrado superar parcialmente mi timidez, apelando a algunos razonamientos:

1) La vida es demasiado corta como para complicarla con simplezas;

2) (Razonamiento inverso): Quizá busque dramatizar algunas situaciones no tan complicadas, porque me creo inmortal o porque me creo muy importante para el otro o porque supongo que mis palabras tienen un poder enorme.

3) Mis fantasías sobre quién soy y quién es la otra persona, deben tener un límite racional. No puedo olvidar nunca que el otro y yo sólo somos seres humanos, que todo lo que puede ocurrir sólo puede ser propio de nuestra especie, nadie es un monstruo salido de un comic, una pesadilla o una película de terror.

4) Si deseo aproximarme a una mujer, es lógico que tema su rechazo, que me atemorice la idea de que pueda ridiculizarme, que se divierta burlándose con sus amigas. Todos tememos lo mismo, pero ¿y si nos acepta, y disfrutamos de su compañía y llegamos a ser muy felices juntos?

Con estas preocupación tan mortificantes he llegado a pensar (y me parce que con acierto), que los fracasos interpersonales (tanto sea para buscar una amistad, como para plantear un reclamo, para recriminar por una desconsideración), ocurren porque en el fondo, deseamos que ocurran (para ratificar nuestros temores, confirmar nuestro vaticinio, validar nuestra creencia en que adivinamos el futuro) y quien reacciona mal ante nuestro planteo, sólo trata de no frustrar nuestros deseos adversos.

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