En algunos casos es bueno no tener palabra de honor. Esto es importante de recordar porque se nos ha dicho que siempre hay que mantener la palabra empeñada. Pero esto no es así.
Un ejemplo proverbial es el que dice: «Nunca hay que decir de esta agua no beberé».
Popularmente entonces, hay promesas que no se deben hacer.
Si alguien da su palabra de que nunca cederá a ciertas tentaciones, está cometiendo un error porque esa tentación puede ser, por ejemplo, dar su voto a un partido político con el que nunca estuvo de acuerdo.
Algún día usted puede reconocer que «las cosas han cambiado» (usted, ellos, la situación), usted puede sentir que ahora sí le gustaría votarlo y si se lo niega, entonces no está cumpliendo su palabra sino que está actuando en base a un capricho, lo cual no es elegante en un adulto.
Alguien muy confiable puede prometerle amor eterno a otra persona y luego, por no traicionar la palabra empeñada, ya no sabe cómo librarse de ese cónyuge con quien hace años que no tiene ningún punto en común.
Puede sentir que es aberrante participar de ciertas prácticas sexuales, pero si las analiza con cabeza fría se entera de que en realidad no son tan dramáticas como usted las veía cuando se juró a sí mismo que eso nunca lo haría.
El psicoanálisis le puede dar infinidad de ejemplo de personas que, por no hacer una cierta cosa, hacen otras sustitutivas pero más perjudiciales.
En resumen: está bien ser honorable, confiable, previsible, pero si se pasa de la raya y se convierte en obcecado, necio y caprichoso, ahí ya tiene algo para corregir.