El artículo posesivo «mi» significa cosas muy diferentes si se usa en la frase «mi brazo» que si se usa en la frase «mi marido».

Pero esta obviedad viene con trampa.

Nuestro deseo aspira a igualarlas porque le resulta más conveniente y gratificante.

La obediencia y fidelidad que yo espero de «mi marido» es casi la misma que espero de «mi brazo», y acá ya empezamos con desentendimientos, discusiones, peleas, frustraciones, desilusiones, reclamaciones y hasta algún divorcio.

Para quienes le dedicamos más tiempo que nadie a estudiar el funcionamiento psíquico es bastante claro observar cómo nuestras expectativas esperan de algunas personas respuestas que son propias de lo que un amo esperaría de «su» esclavo, de «su» perro, de «su» brazo.

«No me hace caso», «hace lo que se le antoja», «se cree que sigue soltero», «no me respeta», «me es infiel»… son quejas de alguien convencido de que el otro le pertenece porque aquel tramposo artículo posesivo «mi» lo ayudó a sostener la fantasía de que es posible apropiarse de un semejante

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